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17/1/14

“Holacracia, sin cargos ni jefes”

"Me ha parecido interesante dedicar el retorno de mi columna de Expansión tras el parón vacacional a introducir el concepto de holacracia, ese nuevo esquema de gestión sobre el que ya escribí hace algo más de una semana y del que tanto se está comentando a raíz de la publicación de las intenciones de Zappos, compañía de mil quinientos trabajadores dirigida por el carismático Tony Hsieh, de implantarlo en el plazo de un año – lo que llevaría, entre otras cosas, a que el propio Tony Hsieh dejase de ser CEO.

 La columna se titula “Holacracia, sin cargos ni jefes” (pdf).

Entre los elementos fundamentales de la holacracia se encuentran la horizontalización, la transparencia radical, y la base tecnológica capaz de articular el esquema de coordinación que permite conocer qué responsabilidades tiene una persona determinada y qué tareas precisan de personas que se encarguen de ellas. 

Sin duda, un concepto provocativo en el contexto de un diario económico: compañías que abandonan el funcionamiento mediante el principio de autoridad y jerarquización que conocemos desde los orígenes de la organización empresarial, y entran en una dinámica de gestión mucho más adaptada a los tiempos actuales, en los que la flexibilidad, la agilidad y la innovación descentralizada definen el éxito de las compañías. 

Compañías que trabajan mejor sin cargos ni jefes, porque el mantenimiento de la jerarquía conlleva costes importantes, y los esquemas de división de trabajo en función de cargos se han convertido en un elemento político distorsionador que dedica más tiempo a reclamar sus competencias que a desarrollar ningún tipo de trabajo real.

No, la holacracia no sirve para todas las compañías. Para empezar, supone un trauma para todos aquellos que han vivido toda una vida profesional bajo la obsesión de progresar en el organigrama para alcanzar un cargo cuyas supuestas responsabilidades defender. 

Para los obsesionados por la estructura, los agobiados del “me has saltado en el organigrama al hablar de ese tema directamente con mi jefe”, para los que necesitan un elemento como la autoridad que emerge de la altura a la que está su cajita en el organigrama para sentirse seguros. 

Pero sin duda, tampoco sirve para todos los trabajadores: si no estás dispuesto a que tus responsabilidades emerjan de tu propia motivación, o si necesitas la autoridad como elemento coactivo para hacer las cosas, ese sistema no es para ti.

La columna pretende ser simplemente una mención, una primera toma de contacto con el término para los lectores del diario. Para una inmersión más profunda, recomiendo los siguientes artículos:
A continuación, el texto completo de la columna:
  
Holacracia: sin cargos ni jefes
Imagine una empresa sin directivos y sin jerarquías. Una organización en la que los trabajadores, en cuyas tarjetas únicamente pone su nombre porque carecen de cargos definidos como tales, se organizan en círculos en los que adoptan uno o varios roles, y gestionan su trabajo en un entorno de transparencia radical.
Esa forma de organización, denominada holacracia, es la que algunas de las compañías más admiradas y avanzadas del mundo están empezando a plantearse, o directamente a adoptar.
Zappos, la empresa del mítico Tony Hsieh, una habitual de la lista de las mejores empresas para trabajar, pretende implantar esta filosofía en su organización de más de mil quinientos trabajadores en el plazo de un año, y cree que con ello ganará eficiencia, flexibilidad y capacidad de adaptación.
Para la inmensa mayoría de los trabajadores, las organizaciones jerárquicas son la única realidad que han conocido en toda su vida profesional. Todos conocemos sus problemas: creciente burocracia, pérdidas de tiempo y eficiencia, luchas de egos parapetados tras cargos, obsesión por ascender en el organigrama… problemas que aceptamos porque no pensamos que exista otra forma de organización. Pero en realidad, mantener una jerarquía consume muchos más recursos que las ventajas que supuestamente aporta.
La realidad es que, dados los adecuados niveles de motivación y las necesarias herramientas de coordinación en forma de software, una organización puede ser muchísimo más eficiente y productiva sin necesidad de recurrir a esquemas basados en la autoridad.
La tecnología juega un papel esencial: permite visualizar cómo los círculos, las tareas y las personas se conectan entre sí, para identificar qué está haciendo cada uno y qué tareas necesitan atención.
Nuevos tiempos, nuevos escenarios, y nuevas metodologías adaptadas a ellos. Pronto, en una compañía cercana."                   (Enrique Dans, 10/01/2014) 

24/5/13

“Los ciudadanos ya no son únicamente fuente de problemas para las instituciones sino que también son productores de soluciones”

Flujo de interacciones en redes sociales en 2011 (Fuente: ONTSI)

 “(...) Internet es un nuevo escenario, es un nuevo país, es una nueva realidad social”, dice sin embargo Joan Subirats, director del Instituto Universitario de Gobierno y Políticas Públicas de la Universidad Autónoma de Barcelona.

 “Lo primero es evitar pensar en Internet como si fuera una herramienta, como un martillo. No; es mucho más”, explica. “Su uso no solo nos permite hacer cosas sino que su uso nos cambia, nos transforma” también en la parte más analógica de la vida.

La izquierda tradicional tardó mucho en preguntarse en serio por qué razón lógica una manifestación de 300 personas en Madrid es más representativa de la opinión pública española que un debate en Twitter en el que participan 30.000 o 300.000 personas con voz propia. 

O cómo una concentración en Barcelona donde acudan 5.000 personas durante una hora va a tener más impacto y capacidad de cambio que una campaña online que nace en un wiki y deriva en vídeos, posts y cientos de miles de páginas vistas.

La manifestación tiene un poder simbólico que aún se conserva excepcionalmente, y consigue su efecto, pero la mayoría de las ocasiones simplemente satisface una necesidad mediática ritual: los periódicos quieren una foto de una mancha anónima de cabezas juntas para darle espacio y valor a una acción social.

 Cuando uno va a una concentración, muchas veces es un bulto, una cabeza para ser contada a ojo, para ser fotografiada con otras desde lejos, detrás de una pancarta que no se ha debatido. Alguien hace el discurso y tú pones el cuerpo.

Ya no vale solo con eso. Esa ciudadanía en red no regula su tono social a través de manifestaciones recurrentes, aunque puedan tirar de ellas alguna vez. Sus síntomas de fractura social no podrán medirse solo en función de si la gente se concentra, acampa o se siente apelado por una asamblea.  (...)

Si un grupo de personas queda cada martes a las 19.30 en Madrid, todo el que no viva en Madrid o no pueda desatender otras obligaciones a esa hora y ese día queda fuera de la corriente política que pueda nacer de ese grupo. Utilizando herramientas en red, esa barrera física desaparecería. La brecha analógica ha fomentado una política centralizada, masculinizada y profesionalizada.

El voto como consecuencia, no como causa. Las reglas políticas que se están generando con el uso masivo de Internet son diferentes a las tradicionales. La clave de todo el cambio está en que “pierden peso las intermediaciones”, explica Subirats. Es decir, la gente puede ya hacer muchas cosas por su cuenta sin depender de partidos, sindicatos o medios de comunicación.

 “Los intermediarios antes eran imprescindibles porque eran los únicos capaces de manejar los mecanismos de acción colectiva”. “Antes”, dice el catedrático, “cuando la gente tenía un problema, acudía a ellos”. La crisis institucional está acelerando el desgaste de ese modelo: “Ahora sucede que, tal y como existen esos intermediarios, se han convertido en parte del problema y no son capaces de aportar valor”.

Los partidos se quedan cortos y la gente hace política sin ellos. En un esquema infinito de iniciativas cruzadas, lobbies ciudadanos y colectivos efímeros, las estructuras van siempre demasiado tarde. Ni siquiera las menos comprometidas por el poder o las más nuevas son capaces de seguir el ritmo de una ciudadanía que ahora participa políticamente cada día, no cada cuatro años. 

Que debate en público, ante cientos o miles de personas, en su cuenta de Facebook o Twitter, sobre temas sociales, laborales, económicos, culturales. Que genera pequeñas comunidades de intereses. Que comparte conocimiento con millones de personas sin tener que desplazarse o vivir en una ciudad especialmente activa políticamente.

Ahora que día a día el individuo conectado puede hacer política sin intermediarios, su posicionamiento ideológico no viene derivado del voto, sino al revés. Uno ya no defiende determinadas cosas porque es lo que defiende el partido al que vota, sino que tras cuatro años de participación personal, toca mirarse al espejo y pensar qué opción es más coherente. 

El voto es una consecuencia y no una causa de la identidad ideológica de las personas. La lealtad y la militancia a una organización ya no son valores políticos supremos sino la capacidad personal de aportar a diferentes espacios comunes.

El mensaje no es que los partidos ya no sirvan de nada. “Los partidos van a seguir siendo importantes, pero cumplirán otro papel”, dice Subirats. “El futuro de los partidos está en saber agregar y articular todos esos intereses”, aunque tendrán mucho menos poder que ahora “para gestionar la selección de élites y la ocupación de espacios institucionales”, dice Subirats. Una estructura pequeña, ágil y porosa atravesada por el debate público. (...)

La Comunidad dice que, según sus cálculos, los hospitales privatizados son más baratos que los públicos. ¿De dónde sale ese cálculo? No se sabe. Lo único que el Gobierno autonómico ha hecho público son once folios. Once folios como informe de una transformación radical de la atención sanitaria de millones de personas.

“Si el consejero de Sanidad de Madrid tuviera la obligación de hacer públicos los datos, los informes, los cálculos, podríamos entre todos legitimar esa decisión o no”, explica Victoria Anderica, de la Coalición ProAcceso, que une a organizaciones que reclaman un acceso ciudadano a la información de las administraciones. 

Plantea un “escenario transparente” en el que “la gente es más consciente” de los problemas y más empática con las soluciones, hasta en los casos en que estas sean desagradables.

Internet ha roto las costuras de la vida política. Ahora el mapa es otro y el representado tiene más peso que antes sobre el representante. Es, en realidad, un juego basado en la desconfianza: puedo votarte, pero eso no significa que delegue mi vida política en ti. Ahora hay herramientas para articular la desconfianza, lo que ha de verse “como algo positivo”, explica Joan Subirats.

 “Hay que desconfiar de la democracia: crear más instrumentos de control desde la sociedad, dar la capacidad a la gente de controlar, evaluar y denunciar la actuación de los poderes”, concluye.

O visto desde otra perspectiva, “los ciudadanos ya no son únicamente fuente de problemas para las instituciones sino que también son productores de soluciones”, dice Subirats. La inteligencia colectiva, a veces amateur, empuja procesos políticos necesarios que serían imposibles dentro de los mecanismos tradicionales. (...)

Esa producción ciudadana tiene un potencial difícil de imaginar: lobbies en red, datos públicos procesados por expertos, participación directa en votaciones oficiales, fiscalización de cuentas al milímetro e información contrastada en común. Esto acaba de empezar. (...)"       (Juan Luis Sánchez - www.eldiario.es, Attac España,  17/05/2013)

1/2/13

Creer en la red significa confiar en la inteligencia de los nodos, querer su autonomía. Por eso se habla de inteligencia colectiva

"La experiencia de red nos enseña entonces a renunciar al control. 

Si estás de acuerdo con la libertad de expresión, alguien puede llevarte la contraria. Si participas en una asamblea horizontal, quizá no se haga lo que tú quieres. Pero estás contribuyendo a una lógica y una cultura superior. 

Pues con la red pasa igual: es una lógica y una cultura superior, aunque pueda revertirte algo que no te guste. La lógica de poder y control, que define la política de los políticos, es lo que amenaza con echar a perder el mundo.

Vamos con la segunda característica de la experiencia de red: incontrolabilidad.

Me refiero a que la inteligencia de una red está en cada uno de los nodos que la componen. Por eso se habla de inteligencia colectiva. Creer en la red significa confiar en la inteligencia de los nodos, querer su autonomía. Reconocer la autonomía y la inteligencia de lo que no eres tú. 

Y esa confianza que das te vuelve, porque vives con la confianza de que otros que no son como tú están trabajando por cuidar y sostener lo que es común a todos. Entre todos cuidamos de todo, es muy distinto a que unos pocos velen por la totalidad.

Explícame mejor la diferencia. 

En una red no hay un lugar central desde donde veas todo. No está hecha para ver todo. Las prácticas de los movimientos sociales aún funcionan demasiado con esa idea de totalidad: la asamblea se percibe a sí misma como un centro de la autoorganización, el militante se siente a sí mismo como responsable de todo, etc. Son prácticas muy potentes, pero pagas el precio de la simplificación porque sólo funcionan en condiciones de homogeneidad. 

Y donde no hay complejidad no hay vida, eso enseña la ciencia. Internet nos está educando en otra experiencia, donde no hay centro ni todo, vanguardia ni retaguardia. Wikileaks no va por delante de la plataforma por José Couso ni por detrás. No se trata de ir delante o detrás, sino de hacer red.

¿Y cómo se hace red? 

Hacer red pasa por vaciar el centro y reconocer la inteligencia y la autonomía de los extremos. Hacer red es poner en contacto a otras personas entre sí, colaborar con desconocidos y diferentes. 

Hacer red es compartir los procesos, no sólo los resultados, y reconocer las contribuciones de los demás. Hacer red, en definitiva, es ser generoso, pero no sólo con los de tu propia cuerda, sino con el 99%.

En Internet no hay centro, pero sí hay referencias muy importantes, ¿no? 

Hay liderazgos, sí, y personas muy influyentes. Pero su poder es muy diferente del poder de una burocracia sindical, por ejemplo. Es un poder sin poder. Por decirlo en el estilo de los zapatistas: “mandan obediencendo”. Recordemos el “Manifiesto por los derechos fundamentales en Internet”

Lo escribieron una serie de blogueros, tuvo una repercusión enorme en las redes sociales y la ministra Sinde les llamó para hablar o negociar. Los que fueron a aquella reunión son gente de mucho prestigio en Internet, pero si tienen ese prestigio es precisamente porque son capaces de ir a decirle a la ministra lo que se decía en Internet. A mí eso me parece muy bien, tenían toda mi confianza aunque nadie les hubiese votado. 

Su discurso era muy incluyente, como el propio “Manifiesto...”. Y si a uno de ellos se le hubiesen subido los humos a la cabeza y hubiese negociado no sé qué con la ministra, el 99% organizado en red se habría encargado de fulminarlo en menos de 24 horas. En una red puede haber representación sin cesión de soberanía. Nada que ver con la dirección de un sindicato.

Todos los nodos son iguales, pero hay unos más iguales que otros. 

Cierto. Internet no está hecha para la igualdad y eso acarrea riesgos y problemas. Yo siempre pongo el siguiente ejemplo: si hay un incendio, podemos actuar de varios modos. O consensuamos en asamblea cómo organizar la evacuación, o nombramos un coordinador que la organice y le obedecemos... 

O sálvese quien pueda. Internet es un sálvese quien pueda. Se asume que todo el mundo tiene la inteligencia para decidir cuál es la mejor opción para sí y que tiene autonomía para ejecutarla. Pero si hay gente en silla de ruedas, ancianos o niños, pues a lo mejor se mueren. Un “sálvese quien pueda” no garantiza el salvamento de todo el mundo. En Internet no todos somos iguales: hay distintos grados de cultura, de conectividad, de tiempo, etc. 

Hay desigualdades enormes. Internet no está hecha para que deje de haber desigualdades, no le pidamos lo que no nos puede dar. Pero sin embargo, no podemos luchar contra las desigualdades sin Internet, ya que éste produce cambios en la distribución del poder que está produciendo esas desigualdades, y podemos aprovechar esos cambios en un sentido liberador. Esa es la paradoja.

Hablas de que la tercera característica de la experiencia de red es la apertura.

Las comunidades que funcionan en red no son cerradas y excluyentes. Puedes conectarte y desconectarte. Y no sólo eso: puedes conectarte y desconectarte a varias a la vez. Recuerdo las manifestaciones del movimiento antiglobalización: había que elegir entre ir con los noviolentos o con los que practicaban guerrilla urbana. Eso no se da en Internet. 

Puedes participar en el movimiento por la cultura libre y también en una acción de Anonymous. En Internet hay abundancia, no escasez. Puedes tener identidades múltiples. Puedes ser disidente de tí mismo. Hay una componente de anonimato que lo hace posible: es más fácil tener siete identidades paródicas en Twitter que ir a una manifestación con disfraz de payaso. 

Tiene menos costes, menos riesgos, pero no es menos real ni menos útil. Esa experiencia nos puede ayudar a imaginar formas de participación política más abiertas y flexibles.

¿Pero con esas formas flexibles de compromiso es posible construir algún tipo de organización? 

Claro que sí. Hoy se oye decir por todas partes: “es necesario organizarse”. Y yo estoy de acuerdo, pero también hay que reimaginar la organización: una organización dispersa, con muchos canales y muchas capas. Internet puede servirnos de inspiración. Nos permite pensar la organización en términos de circulación. Y la articulación en términos de comunicación. 

La ubicuidad y disidencia de que hablábamos antes también construyen organización: los arcos entre los nodos son las personas que circulan. Ese compromiso flexible que dices también aporta a su modo. 

Por ejemplo, puedes estar sin demasiado compromiso en una lista de correo pero mandar información, sacarla, moverla. Las acampadas como idea de organización no surgieron de un grupo muy sesudo o muy militante, sino de la comunicación.

¿Qué quieres decir?

¿Cómo es posible que en cuestión de dos o tres días afloraran decenas de acampadas idénticas por todas partes? Aquello parecían las vainas de la invasión de los ultracuerpos. En serio, lo que sucedió es increíble y aún no lo hemos pensado ni entendido.

 ¿Cómo se copió la idea? Teníamos la imagen de la Plaza Tahrir, pero ¿por qué prendió esa imagen y no otra? Hay algo personal, afectivo, emocional, inconsciente muy fuerte funcionando ahí. Una corriente sensible de empatía. Un flujo de comunicación desconocida e incontrolable que crea diálogo político sin pasar por los lugares codificados como políticos. 

De Tahrir a Sol, de Sol a Syntagma, de Syntagma a Zuccotti... Se ha creado un movimiento internacional sin internacionales, es alucinante. Pero no es un movimiento espontáneo. En nuestro día a día las ideas circulan, nos sentimos parte de algo común, nos reconocemos en horizontes compartidos, no tiramos cada cual por su lado. 

 Ya estamos organizados. Lo que pasa es que no sabemos cómo. Y quizá sea mejor que no lo sepamos, para que nadie puede controlarlo.

Durante toda la entrevista has usado la palabra “inspirar”. Dices que Internet puede servirnos de “inspiración”. ¿Por qué utilizas esa palabra? 

Esto es muy importante. Internet nos puede inspirar, pero no se puede calcar porque el mundo material y el inmaterial son dos físicas diferentes. Cada una con sus leyes. Una cosa, por ejemplo, es una manifestación en la calle y otra muy distinta un swarming (“enjambre”) para ciberbloquear una web.

En la manifestación hay cuerpos, los cuerpos ocupan un espacio, se cansan, se pueden dañar. En una manifestación te puedes quedar sin ojo y en un ciberbloqueo no. No son diferencias menores. Pero después de haber vivido un swarming quizás desees otro tipo de manifestación, donde no todo esté previsto de antemano, donde se requiera la activación de la gente sin forzarla, donde el sentido se construya entre todos sobre el terreno. 

A este tipo de inspiración me refiero. Recuerdo manifestaciones de la V de Vivienda que fueron bastante así. Hay mucho que experimentar aún en esos modelos híbridos entre el mundo de los bits y el mundo de los átomos.

¿Entonces el cambio social no puede venir sólo de Internet? 

No, tiene que hacerse con los cuerpos. Hay que salir a la calle a manifestarse, hay que conseguir comida para quien no tiene, parar desahucios, proteger a los sinpapeles... Y también hay que experimentar la potencia del encuentro físico, como comprobamos todos el 15-M. Esa alegría... 

Lo que nos da Internet es otra experiencia del mundo. Una experiencia gozosa de abundancia, cooperación, creatividad, autoría... Creo que esa experiencia influyó en que mucha gente fuese a las plazas y no viese al otro simplemente como alguien que te pisa o molesta, sino como un cómplice potencial.

 La experiencia de red es un poco como el LSD en los años 60: una experiencia distinta, irreal pero real, que permanece en tu memoria porque lo que has experimentado lo has experimentado realmente: la capacidad de conversar con desconocidos, de traspasar fronteras, de autotransformarte, de crear con facilidad, etc."     

(Entrevista a Margarita Padilla, hacker y autora de El kit de la lucha en Internet, Eldiario.es, blogs, 10/01/2013)   

4/11/10

Emprendimiento... liderazgo... político

"¿Cuál puede ser la fórmula que nos haga diferentes y competitivos? Y, como consecuencia, ¿cómo ayudará a mantener nuestra identidad y -lo más valioso de nuestro modo de ser- como colectivo?(...)

Por emprendimiento se debe entender mucho más que la adaptación para desarrollar empresas de negocios. Cuando hablamos de capacidad emprendedora, nos referimos a la capacidad de desarrollar, con las innovaciones, una identidad en el mercado o comunidad en que decidamos insertarnos.

Una identidad soportada por una oferta o propuesta, y por una organización con la ambición de reproducirse en el tiempo. La capacidad emprendedora opera en cualquier ámbito humano, desde los negocios a la política, desde el arte a la ciencia, desde lo cultural a lo social.

Para inventar un futuro distinto para España no basta con innovar en propuestas o ideas, por novedosas y factibles que estas sean, se requiere el compromiso de instrumentalizar una nueva identidad, una oferta o propuesta que permita convocar a una comunidad, para concretar esa oferta en promesas que se cumplan con impecabilidad. (...)

Ahora que se habla y rumorea sobre liderazgos en las distintas formaciones políticas de cara a las elecciones generales de 2012, España necesita preguntarse sobre las condiciones que se requieren para liderar una nueva sociedad como la descrita, en el supuesto de que queramos adentrarnos en ella.

Un paso en el camino consiste en caracterizar sus rasgos básicos y tener una interpretación sólida sobre lo que fue efectivo en el pasado y ha dejado de serlo hoy.

Al no disponer de una visión y una forma de hacer que sitúe el liderazgo cara al futuro, fijos los ojos en lo inmediato, se ve solo lo individual y se tiene la sensación de que están ante caminos diferentes, porque cada uno solo ve sus tareas inmediatas. Este fenómeno puede percibirse en el interior de los Gobiernos actuales. (...)

El modo de ejercer el poder funciona, en la vigente democracia, con un líder que ejerce y acumula legitimidad rodeado de un grupo de ejecutivos leales que realizan y permiten ampliar la capacidad de participar en los ejercicios de poder del líder. Esta noción funciona con un líder y pocos ejecutivos leales, sin embargo, termina dañando la relación de colaboración, pues va generando hábitos de silencio.

Dejan de participar en la elaboración de estrategias donde se inventa el futuro y se articula el poder.Ese estilo que ya comienza a perder vigencia, valora como factores de éxito el control y la disciplina. Entrega el liderazgo a muy pocas personas, que consiguen éxito por realizar bien las directrices o instrucciones del jefe, por no aparecer discrepantes y por mantener al país cerrado a gente y a interpretaciones de otras esferas o comunidades.

Ahora nuestro reto es colectivo, porque nuestra oportunidad también es colectiva. Tenemos que dar pasos hacia la colaboración como la relación dominante entre los distintos sectores del país, abandonando nuestra inclinación a confrontarnos y descalificar toda iniciativa que no se sienta como propia.

Vivimos un cambio general de estilo de liderazgo, que desplaza un formato dominante marcado por la búsqueda del control y de la anticipación del futuro como una proyección del pasado lo más ajustada posible, hacia un modo emergente cuyos rasgos característicos son la flexibilidad y la incertidumbre.

España, y otros países, están en la UCI desde hace tres años. (...)

Cuanto antes salgamos de la espera, antes podremos adentrarnos en un nuevo camino que nos haga apostar por el riesgo, por lo nuevo, apoyando a aquellos que son capaces de innovar sin el miedo al error y al fracaso." (JUAN CARLOS RODRÍGUEZ IBARRA: Nueva sociedad, ¿nuevo liderazgo?. El País, 03/11/2010, p. 37)