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20/1/14

Un joven diseña un ordenador de bajo coste para que los niños aprendan informática


"A sus 23 años, el joven emprendedor británico Alex Klein ultima las primeras unidades de Kano, un ordenador de bajo coste (79 euros, 107 dólares), pensado para que los niños aprendan informática, que ha logrado financiar a través de internet.

Klein alumbró su proyecto mientras estudiaba Economía Política en Cambridge, lo presentó en el portal Kickstarter, una popular plataforma de financiación colectiva, y recaudó en un mes un millón de euros (1,3 millones de dólares), quince veces más fondos de los 100.000 dólares (73.000 euros) que necesitaba para comenzar a comercializar su invento.

Pocas semanas después, ha reunido a un reducido equipo de ingenieros y creativos en un estudio en Shoreditch, un barrio de moda en el este de Londres, y espera comenzar a despachar pedidos antes de julio.
 
"Estamos asombrados y conmovidos", admitió a EFE el joven emprendedor, que ha logrado que 13.386 personas de 47 países aportasen entre 9 y 999 dólares (entre 6,5 y 730 euros) para hacer realidad su proyecto.

En vista de ese éxito, Klein no duda en afirmar que él y su equipo se han propuesto "cambiar el mundo" desde su pequeño despacho londinense, facilitando que la gente "tome el control de la tecnología".

Kano, el primer producto que ha diseñado este joven británico criado en Estados Unidos, es un ordenador que se vende desmontado y que un niño de ocho años puede ensamblar en apenas un minuto. "Es tan simple como un juego de Lego", describe Klein.


El corazón de Kano es una pequeña placa base, del tamaño de una tarjeta de crédito, que se encaja en un estuche transparente al que se conectan cuatro cables identificados por colores (rojo, amarillo, azul y verde).

Al unir el pequeño aparato a una televisión, aparece en la pantalla una versión simplificada del sistema operativo Linux, con la que los niños pueden jugar, familiarizarse con ese entorno informático y aprender sus primeras nociones de programación.

La placa base que da vida a Kano se llama Raspberry Pi, un circuito integrado de bajo coste pensado por ingenieros de Cambridge para introducir la informática en entornos educativos, que Klein ha sabido aprovechar al máximo. (...)

"La gente quiere volver a tener el control sobre sus dispositivos, quiere poder crear y jugar con la tecnología, no ser simplemente consumidores", sostiene el joven Alex Klein, que aspira a que su compañía lance en el futuro otros productos pensados para que el propio usuario se encargue de montar sus aparatos. "            (El Confidencial, 20/01/2014)

19/12/12

Un ordenador para las escuelas de 26 euros


 La placa Raspberry Pi

"Es del tamaño de una tarjeta de crédito, tiene nombre de fruta y aspira a lograr algo que hasta ahora nadie ha conseguido: volver a entusiasmar a los niños con la informática.

 Se trata de Raspberry Pi, un miniordenador con las tripas al aire listo para conectar a un monitor y a un teclado pero tan barato que hasta un adolescente se lo puede permitir. Cuesta 26 euros (35 dólares) y en ocho meses se han vendido casi 700.000 unidades en todo el mundo.


Sus creadores, un grupo de académicos de Cambridge (Reino Unido), constituyeron en 2009 la organización sin ánimo de lucro Raspberry Pi Foundation para promover la idea y revertir una preocupante tendencia: el desplome en el número de estudiantes de ingeniería informática. 

En España, por ejemplo, las matrículas han caído un 40% desde el 2003 y están en el nivel más bajo desde hace casi dos décadas. Ocurre lo mismo en media Europa y EE.UU. por factores demográficos y laborales, pero también tecnológicos.

“Nuestra hipótesis es que los ordenadores de los 80 eran más básicos y abiertos, cualquiera podía experimentar con ellos y programar. En los últimos 20 años equipos cerrados, no programables, como consolas, móviles o tabletas, han sustituido ese ecosistema. 

Con Raspberry Pi queremos recuperar esa sensación de experimentar, de programar, y llevarla a la escuela”, explica en conversación telefónica Eben Upton, impulsor del proyecto.

La Raspberry Pi (Raspberry, frambuesa y Pi, del lenguaje de programación Python) es poco más grande que la palma de una mano y contiene los componentes básicos para funcionar: un procesador ARM con una potencia similar a la de un PC del 2003 o un smartphone de gama media; 512 MB de memoria RAM; dos puertos USB y uno ethernet (para conectarse a la Red por WiFi es necesario un pincho USB); salida de audio y vídeo HDMI, para reproducir vídeo en alta definición; microUSB para enchufarla a la corriente (funciona con cualquier cargador USB del móvil); y salida estándar de audio (minijack) y vídeo (conector RCA).

Una tarjeta de memoria SD almacena el sistema operativo. La placa opera solo con software libre, con varias distribuciones de Linux que se pueden descargar en la página del proyecto. Esperan que pronto pueda ser compatible con Android aunque de Microsoft no quieren saber nada.

 “Hemos hablado con ellos, pero nuestro procesador ARM no es compatible con la versión RT de Windows 8 y además hay un problema de precio. Si Microsoft quisiera cobrar por el sistema operativo, digamos 50 dólares, la idea ya no sería viable”, dice Upton, de 34 años, antes profesor en la Universidad de Cambridge y ahora directivo en Broadcom, firma que aporta los procesadores.

La fundación que dirige fabrica casi 200.000 unidades al mes. Antes lo hacían en China pero ahora la mayoría se produce desde Reino Unido. Todas se venden, a Europa y EE.UU. principalmente. “Según salen de la fábrica las enviamos, no hay inventario”, sonríe Upton. 

A ese ritmo superarán pronto el millón de Raspberry Pi vendidas en un año. Y si antes los compradores eran geeks, ahora cada vez más escuelas (unas 150 en Reino Unido), padres y jóvenes se hacen con una, además de empresas que la utilizan para interconectar o gestionar maquinaria industrial.

Los usos de la Raspberry Pi son casi infinitos, depende de las ganas y habilidad de cada uno. Se puede conectar al televisor para reproducir vídeos y contenidos online, permite programar juegos y ejecutarlos, manejar robots o automatizar tareas del hogar como encender la calefacción o la lavadora en remoto. 

“Muchas escuelas lo utilizan para enseñar a programar con Scratch, un lenguaje de iniciación para niños. Y hay juegos como Minecraft que ya han sido portados a la placa. La idea es que cualquier chaval pueda llevársela a su habitación y experimentar”, explica Upton.

Raspberry Pi no ha sido la primera en llegar, aunque su foco en educación la hace diferente. Otras iniciativas como Arduino, Beagleboard, Hackberry o Cubieboard ofrecen una plataforma parecida, aunque cada una con precio, especificaciones y potencia diferente. Arduino, el proyecto con mayor reconocimiento hasta la fecha, ha producido más de 300.000 placas, cifra que Raspberry Pi supera ya con creces."      (El País,07/12/2012)

5/11/09

Cada niño con su portátil

"Estoy en Uruguay, un pequeño país austral de tres millones de habitantes en donde acaban de realizar un silencioso milagro: hace cosa de un mes entregaron los últimos ordenadores XO a los últimos niños del país. El prodigio (ellos lo llaman Plan Ceibal) empezó a finales de 2006, cuando decidieron adquirir los portátiles de Negroponte, esas máquinas buenas y baratas concebidas para facilitar el acceso a la tecnología informática en todo el planeta. Son unos cacharros geniales de color blanco y verde pistacho, resistentes y gomosos, unos chismes con pinta de juguete, perfectos para acabar en manos de chicos de ocho años.

Porque eso es lo que ha sucedido: han entregado un portátil a cada uno de los niños de primaria de las escuelas públicas. En total, casi 400.000. Un gigantesco esfuerzo, porque no se trata sólo de darles las máquinas: además hay que diseñar los contenidos, hacer llegar Internet hasta la más remota escuela del pueblo más pequeño, educar a los maestros (muchos de ellos ajenos al mundo cibernauta), cambiar los cursos para aprovechar los recursos de la Red, crear un eficaz servicio técnico para arreglar estropicios. Todo eso, esa pequeña y tenaz labor de hormigas, supone en realidad un cambio gigantesco.

Hoy hasta los niños más pobres de los rincones más olvidados de Uruguay van todos a la escuela agarrados a su XO. Cada portátil lleva un chip con el nombre del crío, para poder hacer un seguimiento e impedir su reventa: si una familia tiene nueve hijos, cada uno de los nueve recibe su ordenador. Y los chavales regresan a la escuela por su cuenta después de las horas de clase, para seguir conectados a Internet. No creo que pueda haber ahora mismo una medida más útil en el mundo para fomentar la cultura y el desarrollo, para acabar con la exclusión social, para crear futuro. Hoy las verdaderas revoluciones se hacen así." (Rosa Montero: revolución. El País, ed. Galicia, Última, 03/11/2009)